Sábado, 17 Marzo 2018 05:12

La obsesión puritana de América con el trabajo

Escrito por M. Oliver Heydorn
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traducido por Martin Ant - hispanismo.org

Hace unos pocos meses, Abby Martin, de Russia Today, criticó la insana obsesión con el trabajo que caracteriza a la cultura americana. El americano medio entre los 25 y 54 años y que tiene al menos un hijo, dedica nueve horas cada día a trabajar, y los americanos trabajan más que los trabajadores de casi cualquier otro país industrializado. La ausencia de cosas tales como el permiso parental remunerado, de vacaciones pagadas garantizadas, etc…, sólo sirve para reforzar la importancia del empleo como el eje central alrededor del cual debe girar toda la vida de uno mismo. El trabajo se ha convertido en un fin en sí mismo, la razón de ser de la misma existencia de uno. ¿Para qué nos hizo Dios? Bueno, pues para trabajar, ¡por supuesto!

 

 

En contraposición con la actitud general exhibida por el status quo americano, el trabajar en la economía formal no constituye un fin en sí mismo sino un mero medio para un fin. Deberíamos trabajar, –y solamente en tanto en cuanto el trabajo sea realmente requerido por el potencial físico o real de la economía–, para poder vivir y no vivir para poder trabajar. De acuerdo con San Atanasio, confundir los medios con los fines constituye la misma esencia del pecado. Esta particular inversión de los medios y los fines tiene su raíz en esa perversión del cristianismo auténtico, también conocido como puritanismo, una ideología religiosa, mejor dicho herejía, que ha plagado a la sociedad americana desde su fundación.

La obsesión con el trabajo como un fin en sí mismo es tan penetrante y sus efectos en la cultura americana tan tóxicos, que las siguientes frases de George W. Bush en una reunión en el ayuntamiento de una ciudad, atrás en 2005, solamente recogió aplausos:

 

 

En verdad, el hecho de que esta madre divorciada de tres hijos tenga que trabajar en tres empleos (!) para poder satisfacer sus fines, no es una ocasión para la exultación (por ejemplo, “¡Eso es fantástico”!) ni para la autocomplacencia (“¡Esa genuina americana!”), sino que más bien es una indicación de que hay algo fundamental y estructuralmente equivocado con la economía americana y con la cultura americana. En contraste, se ha registrado por parte de historiadores acreditados que en la “Alegre Inglaterra”, la cual era una Inglaterra católica en lugar de una Inglaterra puritana, el campesino medio sólo tenía que trabajar 15 semanas al año bajo las condiciones preindustriales para poder proveer para su familia, y que disfrutaba también de 150 días de fiesta oficiales todos y cada uno de los años. ¿Qué hacía con su “tiempo libre”? Bueno, lo disfrutaba y posiblemente dedicara parte de él en actividades útiles y especialmente creativas. Tanto la alta cultura como la cultura popular florecieron como resultado. La industrialización debería haber mejorado el nivel de vida sin sacrificar el tiempo de ocio de la gente. Esto no ocurrió así porque, como todo creditista social sabe, hay incrustado un monopolio del crédito disfuncional en nuestro actual sistema financiero; sistema que no refleja ni registra correctamente los hechos económicos físicos. Desafortunadamente, el americano tipo está tan ocupado trabajando como para poder tener, en absoluto, el tiempo o la energía de reflexionar sobre el profundo absurdo de todo esto. Y así la locura continua…

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